El último italiano de Periquera
Genaro Labanchi alterna en sus relatos pasajes del llano altoapureño y fragmentos de la historia de su Italia natal. No en vano este hombre ha pasado su vida entre dos mundos, cruzando el charco de lado a lado, curtiendo su rostro y su vida con recuerdos y vivencias que, valga decirlo, no siempre fueron gratos.
Su primer contacto con el nuevo continente se produjo el 28 de mayo de 1912, cuando apenas contaba cuatro años de edad. Ciento cincuenta y ocho días habían transcurrido desde que, junto con sus padres, Cayetano Labanchi y Carmela Panza, abandonó el pueblo de Potenza. Aunque cruzar el océano fue tarea fácil, y cubrieron el recorrido en apenas 18 días, luego debieron esperar condiciones climáticas favorables para seguir el camino entre La Guaira y Guasdualito. "Desde La Guaira nos fuimos a Ciudad Bolívar y allí tuvimos que esperar, porque el río no tenía el cauce suficiente para los barcos. En mayo embarcamos en el vapor Manzanares y estuvimos doce días remontando las bravías aguas del río Arauca, que en ese tiempo habían sido inmortalizadas en el Alma Llanera", rememora. A pesar del paso del tiempo, todavía recuerda aquel barco de hélice, que en cada puerto se paraba a cargar leña picada para alimentar la caldera de vapor que lo hacía navegar.
Las lluvias que hicieron crecer el cauce del río anegaron también los caminos de Guasdualito y por eso Labanchi guarda un húmedo recuerdo de su llegada. "Todo eso era agua, por la calle Real se veían bongos y canoas... y bastantes indios que andaban con guayucos y se quedaban mirando a mi padre, que era un hombre altísimo." Montados en bueyes transitaron esa vía, y tuvieron que sortear invisibles hoyos, que casi costaron la vida de su madre. "Sólo la agilidad de la negra Lucía logró impedir que mi mamá se cayera, con el buey y todo, en un hueco que las aguas cubrían".
La familia los acogió tras su arribo, pues formaban parte del clan que llegó a este pueblo a finales del siglo pasado. "El primer italiano que llegó aquí fue Don José Antonio Grieco, en 1874, seguido en 1876 por mi tío Francisco Fulco, el musiú de la chiva, que era casado con una tía hermana de mi abuelita por parte materna. Después vino el hermano de él y luego mi abuelo, Mateo Panzza, y ahí siguieron llegando los otros paulatinamente, pero todos eran familiares".
Ese grupo de hombres que con trabajo y mucho esfuerzo levantaron Pueblo Nuevo, o Periquera, como entonces se le conocía, quisieron rendir tributo a la patria abandonada y crearon el Círculo Italiano Giuseppe Garibaldi, que mantuvo intactos los vínculos con la tierra madre. Ahí se jugaban cartas, se revivían tradiciones y se compartían noticias de Italia. Allí se vivió la guerra, se celebraron victorias y se lloraron derrotas. Como sede se eligió la casa de Eugenia Panzza de Fulco, tía de Labanchi. Allí se forjó esa doble identidad que aún hoy se percibe en Don Genaro: por un lado, el país de la bota taconeando en sus recuerdos; por otro, la bravía llanura que le vio crecer y le forjó el temple de acero.
 
Los papeles de Don Genaro
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