Publio Sánchez
Recuerda cómo se trajo el reloj
A su edad, Don Publio Sánchez todavía guarda los recuerdos de aquellos tiempos en Guasdualito cuando un boleto para cruzar el río costaba menos de un real. Corría el año 28 de este siglo y el sexto en su vida, era la época en que visitaba a su papá el barinés Don Basilio Gallardo en el comercio de víveres en el Arauca. Su cuidadora Doña Rafaela, criada también junto a su mamá por la abuela Petra Puerta, le decía "mañana vamos para Arauca" y él no pegaba un ojo en toda la noche. Salían a las cuatro de la madrugada con los pulmones preparados para el largo recorrido, llenos de aire llanero y de ansiedad de camino, "nos echábamos a pie veinte kilómetros de ida y veinte de regreso, ¿sabe lo que es eso?, pero yo nunca vine cansado, traíamos bocadillos que era lo que más me gustaba".
Sin tomar respiro continúa la historia de sus idas y venidas. Vivieron en distintos sitios hasta que, en los años treinta, el general Ramírez, su padrino, le dijo a su abuela: "Chica, te la pasas del timbo al tambo, yo te voy a regalar una casa". Ese hogar hecho con palma costó seiscientos bolívares, "que para ese entonces era un platero" confiesa con orgullo. Luego la vida dura y rutinaria del cuartel; con el inicio de cada día, la cabeza de una res esperaba su hora de sacrificio para servir de comida a los cien soldados. "Y en la tarde comía mazamorra y arroz con leche, me gustaba más el arroz con leche", asegura con candidez.

Puertas afuera, en la calle Real y la avenida Miranda, el pueblo veía crecer los comercios de los italianos y árabes. Estaba el Cedro del Líbano de Jorge Assin y luego llegaron Vicente y Juan Mustafá Vendedores Ambulantes de la Calle, entre otros. Un día que se pensaba como cualquier otro del año 34, dicen que Juan Mustafá, cuenta don Publio, le entregó mal las cuentas a Assin y éste lo llamó ladrón. Mustafá muy molestó por la ofensa lo amenazó: "Usted no me puede decir ladrón a mí, paisano, usted me está ayudando y no le acepto que me diga ladrón. Yo a usted lo mato, lo mato". La mayoría de la gente pensaba que era en broma y que el suceso no tendría mayor trascendencia, pero no fue así. Tres días después, "yo corrí hacia allá a las siete de la mañana y veo ese escandalón, pregunté qué había pasado y me dijeron: "Ahí está Assin tirado en el suelo, muerto e’ bola". Mustafá le había metido más de una decena de puñaladas con "una pico de loro" por todo el cuerpo. Dicen que Assin corrió para pedir auxilio y salvarse, "fue para el negocio de Juan la Puerta porque estaba abierto, vio como un pasadizo y se fue por ahí, pero no lo pudo abrir, quedó afuera y no se pudo defender, estaba todo ensangrentado". Al final de aquel ataque violento exhalaba su último suspiro en la sala de ese comercio.

Mientras, Juan Mustafá, hombre muy robusto, intentaba huir por la calle hacia la Alcaldía, "Orozco, un muchacho de diecisiete años, con un negocito en la esquina de las Dugarti, que tenía entre las cosas que se podían vender al público algunos machetes, se enfrentó a Mustafá con uno y lo entregó a la policía". Lo puso en las manos de Rivero que lo llevaría atado con grillos hasta el cuartel de custodia de presos que tenía el general Ramírez. Seguro ese fue el instante cuando le pidieron que se lavara las manos, a lo que él replicó: "No porque yo acabo de matar a un marrano". Luego se lo llevaron a la prisión de San Fernando, en la que logró organizar empresas de trabajo para los detenidos, por eso y por su buen comportamiento sin antecedentes, le bajaron la condena. "Lo que pasa es que él se disgustó mucho por lo que le dijo Assin".
Eso sucedió antes de la caída de Gómez, con los rumores de tortura pululando por todo el país. Muchos aseguran que castigaban a la gente porque se escapaba. "Cuando la recluta, habían unos carajos que no querían hacer servicio y cuando se iban había una canción que decía "Anda vete lejos porque si no te cogen doscientos pendejos". Los pendejos eran los palos que les daban". Y añade con resguardo: "decían que cuando ponían música era para que no se oyera porque estaban aplicándole el ácido a algunos".
Así transcurrían los días por aquella época del Benemérito, entre miedos y zozobras. Cuando Juan Vicente Gómez murió en 1935, don Publio contaba apenas con trece años. "Aquí se hacían como unas fiestas patronales los 19 de diciembre que era cuando el hombre celebraba el ascenso al poder, habían además toros coleados. Ese año empezaron a repartir los materiales para hacer las mangas de coleo, y de repente, de un momento a otro, esa vaina se paró. ¿Pero qué fue, qué paso? El general Gómez estaba enfermo y no siguieron trabajando. El 17 de diciembre murió; todo muy calladito".
Al año siguiente don Publio aprobó cuarto grado para quedarse con la ansiedad de los dos restantes de primaria. Hoy, rememora los hechos con ironía: "Don Fabio Delgado, el presidente de la Comisión de Educación hizo una solicitud al Ministerio para que nos dieran una beca para sacar quinto y sexto en San Fernando o en San Cristóbal. El texto decía: "Muchachos de Guasdualito que tienen hambre y sed de instrucción". Un par de meses después llegó la respuesta: "No hay nada para Guasdualito". Después de eso me puse a trabajar como dependiente de un negocio y en casas de familias".

Poco después su excelente letra y ortografía le facilitó un trabajo de escribiente en la Prefectura, en el que ganaba sesenta bolívares mensuales y la misma suma en el Consejo. No había arribado a la mayoría de edad cuando ostentaba un considerable sueldo amén de otros oficios como redactor de documentos de concesiones para las compañías petroleras. Era la misma temporada, cuando todavía era muy mozo para tomar miche, en la que acompañó a su compadre Emilio al Arauca. "Yo era su ayudante para todo; él estaba enamorado de una hija de don Rafael Fuentes. Me dice: Voy a salir, coja esa vitrolita y vamonós". Así le dieron una serenata a la muchacha sin saber nada de música. "A veces él me mandaba a llamar para tomarnos unos tragos, yo le decía: "Compadre estoy limpio". Una botella de miche costaba cincuenta bolívares. Y él respondía: "Usted no va a gastar nada".

Mientras trabajaba en la Prefectura llegó el primer avión de las petroleras al pueblo, un gran acontecimiento, así que le pidió permiso al Jefe Civil, "cuando regresé me dijo mamando gallo: me contaron que te vieron probándole el ala al avión". Eso ya hace más de medio siglo, finalizando el año cuarenta, cuando ya estaba casado y disfrutaba organizando las fiestas, redactando dedicatorias, y haciendo de cronista social, "cuando salía con las jóvenes hacía una reseña de lo que habíamos hecho en el viaje, pero siempre con mucho respeto".

En el 48, mientras surgía en Apure la candidatura de Gallegos, con la lozanía en la piel, alentado por los amigos y por la escasez de personal se hace juez del pueblo. De un sueldo de doscientos treinta pasó a uno de seiscientos "era un realero". Uno de los hechos más famosos que vivió en este cargo fue el del incendio en la casa de Rosa Panza, llevado por el Juez de Primera Instancia y unos expertos en el manejo de la gasolina y el kerosén. Se comprobó "que la señora le había echado por error gasolina a la nevera y así prendió la casa, salió toda quemada y murió en el hospital. De ahí la candela brincó para la torre de la iglesia, menos mal que la apagaron rápido". Le dejaron la resolución del caso, que era, en pocas palabras, colocar tras las rejas a Cristancho, el esposo de Rosa "pero yo no lo podía meter preso, ya se le había muerto la mujer".

En una oportunidad, en el 52, regresando de tomar unas declaraciones sufrió minutos de angustia. Había dejado a Enrique, de cinco años, en el paradero del aeropuerto, llovía y uno de los pilotos perdió el control de la aeronave. "Cuando veo el avión sobre la casa, dije: "mató al muchacho, me lo mató", pero no es pendejo si sale para la pista lo mata, pero se fue para adentro". Fue el mismo año que murió la madre de don Publio, la habían llevado a Barinas con apendicitis, la operación fue exitosa, pero al final "le dio un paro".

Pero como todo período también existen los momentos buenos, como la donación a la iglesia del reloj realizado por el italiano Nicolás. El traslado desde San Cristóbal lo hizo don Publio, que tenía una empresa de transporte de mercancía. Había adquirido su propio camión con doce mil bolívares "que era plata, pero yo saqué de las utilidades que me pagaron y lo compré". Casi siempre acarreaba cebollas, papas y alimentos, pero un día comentaron que había que llevar un reloj para la iglesia de Guasdualito, "y dice Hortensia de Aponte, la sobrina de don Pancho: "Ahí está don Publio Sánchez que te puede llevar ese reloj", me saludó y me dijo: "Aquí están las cajas". Ese montón, eran treintidós cajas. ¿Si caben en el camión?". No podía ser mejor, todo era liviano, le habían indicado "no meta más carga porque esto es muy delicado", le pagaron muy bien el flete y además la máquina la iba a armar un técnico traído desde Italia. En el pueblo toda la gente esperaba la llegada del reloj como un genuino acontecimiento, miraron, estudiaron y supervisaron cada paso del mes que duró la instalación, "¿Cuándo se había visto un reloj así? Yo estaba preocupado con los acontecimientos que sucedieron en la iglesia porque se podía dañar". Pero hoy, después de casi medio siglo todavía marca la hora con las mismas manecillas que han visto pasar a unos cuantos políticos. Raúl Leoni fue uno de ellos, "estábamos bebiendo y yo le dije a Godoy: Este es nuestro futuro presidente. Y Leoni decía: Si ustedes me dan el voto yo seré presidente. Y se echó una pea". Lo evoca con el mismo cariño que a doña Ismenia de Villalba. "Dándole la bienvenida, se la llevó por delante un motorizado colombiano. Dijo que lo habían mandado". Cuando le informaron que lo habían puesto preso, la doña mandó a dejarlo en libertad.

Y así continúan pasando los días, los años y las décadas, como los ríos Sarare y Arauca, frente a don Publio Sánchez, hombre de entereza y parte de la historia de un valeroso pueblo que se niega a morir.

 
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