Los vivos siempre entierran a los muertos

I

Que nadie se caiga a cuentos. Este proceso de cambios comenzó hace diez años. Ha sido progresivo. Con momentos de alta tensión, incluidos. Y no sabemos si éste, que vivimos, es el punto de la cima para comenzar a descender en la curva del gráfico, o todavía no hemos llegado a la cumbre. Comparemos: 1958 fue el inicio de un período que llegó al nivel de consolidación con la primera victoria de Rafael Caldera, ya que así quedaba expresada en el terreno la alternancia gubernamental. Se expande ese proceso con el retorno de AD en 1973. En 1983, administración de Luis Herrera Campins, el proyecto entra en crisis y durante la de Lusinchi, hace aguas. La puja por el cambio entra en la vía rápida cuando Eduardo Fernández derrota por la candidatura presidencia a Rafael Caldera en el Poliedrazo y Carlos Andrés Pérez, pese a la oposición lusinchista y todo el peso del Gobierno, a Octavio Lepage.

II

Con la certeza de que el país debe ingresar a una nueva etapa, Pérez se convierte en reformador. Es 1989 y en el escenario mundial, las reformas también son noticia. La Perestroika avanza en la URSS y faltan apenas meses para que el telón de hierro sea apenas una cortina de papel. México, Argentina, Colombia y Brasil avanzan con sus propios esquemas. El proceso venezolano lleva al poder a un grupo de técnicos no ligado a las cúpulas partidistas. El programa desata además guerras en el mundo económico. Lo que comienza Orlando Castro como una osadía contra el capital tradicional, abre las compuertas para que aparezcan tiburones de distinto calibre. Guerra económica con guerra política. Un mundo inimaginado en escenarios de economía controlada y partidos estalinizados. Pero la economía vivía su apertura y los partidos, obligados por la fuerza de las circunstancias, se abrían a otras opciones. Las elecciones regionales impulsadas desde la Copre obligan a la aparición de líderes. De allí surgen con fuerza figuras inéditas como Carlos Tablante, MAS, y Andrés Velásquez, Causa R.

III

En sus propias guerras, los empresarios se desplazan y son desplazados. AD, partido de Gobierno, siente que ese Gobierno no es suyo. No son los suyos que están en Miraflores. La mayr parte de la dirigencia de Copei, no entiende el proceso. Los hombres de negocios están confundidos por el ajuste y la apertura. La Banca pasa a tener un papel prominente, convirtiéndose en enemiga y hasta en chivo expiatorio. Hay, prácticamente, un todos contra todos. Como en lo profundo no hay dolientes institucionales, ocurren las intentonas golpistas, con Chávez como protagonista. La noche del 3 de febrero sabe que el plan está descubierto. Pero se arriesga y sigue adelante. Tal vez calcula que aunque fracase militarmente, el objetivo político estará logrado. Habrá despertado al país. La mañana del 4-F, el proceso llega a un punto de gran intensidad con el discurso de Rafael Caldera ante el país. Es verdad, tiene razón el comandante: victoria política. En su opinión el país ha despertado. Los días del sistema que hizo aguas en los tiempos de Lusinchi y comenzó a ser reformado por CAP, estaban contados.

IV

Lo que viene ocurrió ayer. Caldera no le pegó a la democracia. No podía pegarle a la criatura que ayudó a formar. Le pegó a actores y protagonistas. En Estados Unidos, las crisis buscan culpables, héroes malos como Milken. En España fue igual y pagó Mario Conde. Con Caldera, no pagó el sistema. Pagaron los Castro, los Gómez López, los Cordero, los Alvarez Stelling y muchos más. Chávez no ha buscado figuras en qué descargar las culpas. Ahí está la diferencia con Caldera. Para el ahora Presidente, el culpable es el sistema. Por eso habla de revolución. Caldera buscó la estabilidad del sistema atacando figuras del mundo económico y empresarial y al supuesto jefe de esa banda de pillos: Carlos Andrés Pérez. Ahí estaban las mafias, dijo una vez. Chávez, respeta hasta ahora las figuras -no ha freído cabezas tal como lo prometió en la campaña- pero desguaza las instituciones partidistas y las entidades institucionales. Nada queda en pie aunque a estas alturas del tiempo, los pilares del viejo régimen convivan en el proceso que, en su afán, dará origen a la Nueva República. Caldera buscó el respaldo de Luis Alfaro Ucero y AD para que en sus manos no se perdiera la República. Chávez ha organizado un nuevo partido y se apoya en las Fuerzas Armadas a las que le otorga protagonismo y beligerancia.

V

Todavía no sabemos el resultado final de este coctel de juego político, empresarial y ahora militar. Lo cierto es que en muchos aspectos parece cumplirse la máxima de que "quien reforma muere". De una u otra manera. Murió Gorbachov, y el mismo CAP ya estaba muerto sólo que como dice un personaje de un famoso western cuando apunta con la pistola a su prisionero derrotado: "Tú estás muerto. Lo que pasa es que no te he matado". Este sistema ya estaba muerto. Desde los tiempos de Lusinchi. Faltaba el verdugo. CAP quiso reformarlo. Fracasó. Caldera quiso volver atrás. Se estrelló. ¿Qué pasará con Chávez? El también, en el fondo, es un reformador.

 
Juan Carlos Zapata
 
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