Casimiro Delgado
Memoria viva de San Camilo
Casimiro Delgado pasa ya de los 80 y en su memoria atesora recuerdos de un Guasdualito remoto, que contaba su historia en corridos y coplas. A ellas recurre para explicar anécdotas y con verbo fluido traer al presente retazos de la vida de un pueblo y sus gentes.
De sus múltiples oficios, el que le dio más placeres, fue quizás el de cabrestero. Andando por esos montes llevó ganado de un lado a otro, ahí se hizo hombre, se enamoró muchas veces y coleccionó novias como si fueran barajitas. "Yo tenía como unas seis novias en ese monte de San Camilo. Fui un cabrestero muy afamado y también caporal. Uno se enamoraba donde quiera. Después de tener esa cantidad de novias me enamoré de una muchacha; ésa fue la esposa mía. Yo tenía ya como 28 años y la muchacha tenía 15 cuando nos casamos".

Para ese momento, ya Casimiro conocía todo sobre el trabajo con el ganado. Su primer viaje lo hizo con 16 o 17 años. "Empecé de culatero. Culatero se llamaba el que iba de último, atrás con el caporal. Eran como soldados rasos. Di varios viajes como culatero. Después vino otro viaje y entonces me fueron sacando de traspuntero; de traspuntero fui a puntero y luego se dieron de cuenta de que yo era un genio para contar ganado, yo era un cráneo, yo no le sacaba la mano, yo no le movía los labios, sino mentalmente. Contaba a pura fuerza de vista. Ahí lo que valía era acertar, porque el cabrestero era la llave del ganado. El caporal casi no se ocupaba de eso. El caporal no hacía sino pagar gastos y el cabrestero era el responsable si se perdía una res por haber contado mal ".

Hombre responsable y trabajador, todavía recuerda el apuro que pasó en Banco Tieso cuando perdió una res. Hubo de andar sobre sus pasos y aplicar toda su astucia para ganarle al animal. Enchichorrado lo esperó, con el corral abierto, aguardando hasta escuchar sus bufidos y sus pasos. Ahí se estuvo hasta que las trancas del corral le alertaron de la llegada del animal. Cuando estuvo seguro de que estaba dentro, saltó ágil del chinchorro y le cerró el paso. "Ahí sí me acosté a dormir y empezó a llegar gente con sogas y todos sus aperos".

La nostalgia se acrecienta por el cambio del paisaje. "Por ahí lo que existen ahora son haciendas, potreros, porque los ríos se desbordaron y se fueron por esas montañas de San Camilo. Las aguas acabaron con esas montañas", explica. Pero no sólo la naturaleza se ensañó con el llano, también el hombre hizo lo suyo. "Esas montañas las cortaron todas, las cortaron por todas partes para sacarle madera". Con los árboles desaparecieron también muchos animales. "Había tigres y culebras que eran peligrosos y donde uno se quedaba ya uno a las 7 de la noche tenía que estar enmosquiterado, con su chinchorrito y su mosquitero porque la plaga no se aguantaba. A las 7 de la noche uno lo que oía era el mono y el pájaro ese que llaman piapoco y la guacamaya"

Un hombre de trabajo

Antes de recorrer los montes Casimiro fue un niño como cualquier otro, o casi, porque desde muy pequeño tuvo que ingeniárselas para conseguir sustento. Llegó a Guasdualito a los cuatro años, pues él nació en la Sabana de El Caimán, donde llaman El Consejo. "Llegué aquí de pequeñito, porque a mi papá se lo llevaron preso cuando Juan Vicente Gómez, porque él le hizo mucha resistencia, a él nunca le gustó la dictadura". Pedro Delgado, su padre, murió en la cárcel de San Cristóbal y dejó cinco hijos, de los que apenas sobrevivieron dos. "Se me murieron tres hermanos, dos varones y una hembra, de diez añitos para abajo. Quedamos dos nada más. Y de los dos, la compañera, la otra muchacha, que era mi hermanita, se murió ya también y el que queda soy yo solito".

Huérfano desde los siete u ocho años, Casimiro se hizo hombre por sí mismo. "Yo me crié casi por la cuenta mía y con los ochenta años que tengo, yo no he sido tocado por un policía, ni yo sé cómo es que se arresta gente, ni yo he tratado de hacerle mal a nadie, ni cogerme lo ajeno, ni nada, yo soy un hombre serio".

Desde pequeñito comenzó a trabajar, haciendo mandados y vendiendo pan. "Trabajé en una panadería que era de Margarita Pérez. A esa panadería ni se le reza ya. Quedaba en la esquina del Grupo Arismendi, en todo el frente donde hoy queda la farmacia. Trabajé allí durante muchos años. Yo vendía pan, me iba para la sabana con una cesta en la cabeza y la cambiaba hasta por pollos y por huevos donde no había plata".

De esas andanzas de comerciante rescata palabras como la "pesa", nombre dado al mercado al que acudía todos los días a comprar la carne. "Eso es lo único que había aquí, aquí no se llamaban carnicerías, aquí no se nombraba eso porque lo que había era un solo negocio. Yo me iba de madrugada y el pesero compraba una bandejas llenas de arepas fritas. Eran unos arepones con queso. Arepa dulce, y queso rallado, aquello tan bueno. Entonces, los peseros, para tenernos encariñados nos decían 'tome la arepa', 'cómase esa arepa' y uno comía y compraba la carne. La pura carne, porque el hueso no se compraba". Tampoco tenía salida la asadura, porque nadie quería las vísceras del ganado. "Decían que el hígado era amargo y hoy es lo primero que se vende", afirma. En su memoria gastronómica, deja espacio para el mondongo y recuerda claramente que "todo lo que lleva el mondongo, ese montonón de cosas, lo daban en un bolívar. Y ahí se quedaba a veces y lo botaban, lo regalaban".

A esos peseros, Casimiro Delgado aún los recuerda. "Había un Ramón Jiménez, un tal Espíritu, Ernesto Márquez, Narciso Márquez, Rafael Lara, Narciso Lara, esos se murieron todos", comenta. Y es que cuando se llega a su edad, la memoria es el único recurso para reunirse con los amigos.

Memoria viva

Siendo niño vivió los grandes momentos de Guasdualito. Por allí pasó Maisanta arrasando con las tropas gomecistas. "Yo tenía como 11 años y me acuerdo de esa matazón. Esos militares llegaron un sábado, todos mojados y embarrialados por esos montes, cargando con sus fúsiles Máuser, que pesaban un kilero. Esa gente llegó cansada y estrasnochada y al día siguiente los sacaron y que para misa, y ahí en la villa estaba Pedro Pérez Maisanta y cuando ellos se movieron, ya él estaba encima echando plomo. Mató gente que dio miedo".

También fue testigo de la llegada "del profeta", singular personaje de quien dicen que hasta caminó por las aguas. "Él se acampó por toda la orilla del tranquero, y aquello eran lotes de gente, porque la gente era muy creyente, muy católica para esa época. Así estuvo como tres días y le traían comida de todas partes; le traían gallinas asadas, cochino asado...Entonces, él mandaba a llamar a toda esa muchachada de nueve, diez, de doce años para abajo, y los ponía a comer. Yo comí con ese profeta, lo conocí bien". Pero Casimiro no lo vio andando sobre el río. "Cuando la gente llegaba al río gritaba para que lo pasaran en canoa o en lo que fuera. A él no lo vieron caminando por el río, cuando lo vieron, ya estaba de este lado. Estaba el hombre con la maletica y las cosas que cargaba".

Los personajes que hicieron historia y dieron vida a la imaginación del pueblo permanecen en la mente de Casimiro, quien todavía es capaz de contar sus hazañas, recitando con voz temblorosa los corridos que los inmortalizaron. "Francisco García Camacho fue el hombre que empezó a comprar ganado. Le compraba a todos y pagaba en efectivo, con morocotas y pesetas de cinco reales, porque no se sabía lo que era el billete. García Camacho compró por muchos años. Luego se le metió Jorge Villamizar, que era representante de la casa Blohm, pero él compraba con la firma de Blohm, no compraba con el dinero en efectivo, les dejaba un cheque y esas cosas. Entonces se retiró García. La gente se enguayabó mucho porque se hubiera retirado y una vez en Jabillo le hicieron un pequeño corrido:

"García me dijo en Jabillo que ya más no volvía

Que mandaría a Primitivo a dar una recorrida

Y sólo a traerle una carta a una querida que él tenía

Eso me lo dijo en mayo, en noviembre apareció

Fue en casa de Juana Suárez, donde se residenció".

Y al día siguiente en la montaña le dijo a los compañeros

"Vámonos a San Fancisco a conversar con los llaneros

casa de Don Natalio Estrada que es mi amigo verdadero

honrado y trabajador que trabaja con esmero

y conserva un capital para sus hijos herederos".

"García se fue a San Fernando y se llegó a la Presidencial

A saludar a Domínguez como era muy natural
-García Camacho a sus órdenes, general.
-Vengo a arreglar un asunto que creo que no sea legal.
Domínguez le contestó:

-García no tengas cuidado, que tu asunto está arreglado,
ningún juez puede sentenciar sin haber hechos probados".

Ya estaba la defensa hecha y le contestó otra vez:
"-Si algún día vas a San Cristóbal
No dejes de pasar a El Salado para presentarte a mi esposa
Que es la única que yo he estimado
Un capital que conservo, es ella la que lo ha guardado".


Y entonces dijo, después de reunir a la gente:

"-Del paradero a los cocos mirarán el cordón".

El cordón es el lote de novillos.

Yo compro es con morocota, no con la firma de Blohm
Y como cargo la potaza, donde hay grasa yo saco jabón."

Un llanero de su tiempo

Casimiro Delgado es todo un hombre del llano. Por esas sabanas cabalgó durante casi cuarenta años. Allí aprendió oficios, conoció y perdió amigos, tuvo amores y desamores. Ahora, en la tranquilidad de sus ochenta y tantos años, revive sus andanzas y recuerda a quienes compartieron con él camino.

Un lugar especial ocupa Rafael Lara quien, a su juicio, "era el hombre más guapo, porque no le temía a ningún otro hombre". Juntos jugaron dados y repartieron ganancias en más de una ocasión. Eran, en palabras de Casimiro, "amiguísimos" y por eso su voz se entristece al contarlo en el mundo de los idos. "Ya los que quedamos somos pocos". Alfonso Roa, Ramón Padilla y Mogollón se cuentan entre sus coetáneos. La lista es corta, porque no muchos aguantan la bravura del llano.

Casimiro, en cambio, ha superado muchos avatares, desde una temprana orfandad hasta una viudez no esperada. Pero los golpes no han logrado quebrarle la voz ni achicarle la memoria. Los ojos le brillan y las palabras brotan fluidas al rememorar sus largas jornadas llevando ganado. "La travesía a San Camilo duraba más o menos 4 días en tiempos de verano. Hay un corrido donde se nombran las treinta y dos travesías, pero en medio quedaban otras casas que por ser más pequeñas, no se nombraban". Y sin mucho pensarlo ni apenas tomar respiro, Casimiro se arranca a recitar el corrido:

"Montañas de San Camilo con 32 travesías,

Que haciendo buena jornada se pasaban en 4 días
Yo empecé por el escoplo que fue la primer tragedia
La segunda fue en Rivero y la tercera en mi ruta
Fueron 4 en el bizcocho y luego se ajuntaron 5
En el hoyo fueron 6 y en Palmas Quemadas siete,
Concha 8, José Miguel fueron 9
Mancilla 10, Santo Tomás 11
Somaza fueron 12, La Pica 13 y San Ignacio 14
Fueron 15 en El Registro, 16 en el Burro y 17 en Marquito
18 fueron Marcos Toro, 19 en La Piedra
Fueron 20 en Los Isleños, 21 fueron en el Rial,
y 22 en Los Guillenes
Ahí registré mis papeles, que no se me fuera a quedar,
Que fueron Bravo Ricaurte y 23 sin contar.
Me pasé para Bruja y dije que eran 24,
25 fueron en Santa Bárbara, 26 en La Ceiba y 27 San Juan.
28 en El Chiquito, fueron 29 en .. y 30 en los Medanitos.
Pasé por Tinajas con 31 y me pasé hasta el puerto y dije el dicho por hecho
Que 32 travesías hubieron del monte al puerto".

Ahora sí toma aire, pero rápido retoma el hilo y saca las cuentas del numeroso grupo de peones que era necesario movilizar en cada recorrido. "Por cada 200 o 300 novillos se llevaban catorce hombres y cada uno se ocupaba de algo". Como era de esperar, la camaradería entre ellos era más una cuestión de supervivencia que de compañerismo, pero eso no impide que aún Casimiro recuerde a los hombres que, siendo caporal, perdió en el camino. "A mí, durante mis tragedias, se me murieron dos hombres en la mismo trayectoria del viaje. Uno había sido un cabrestero viejo y malo que ya no quedaba sino para maletero, ya estaba muy viejo el hombre y se le dejó para maletero. Él llevaba al buey con la carga. Se nos perdió el hombre y lo estuvimos esperando. Eran ya como las nueve o diez de la noche y no aparecía. Yo dije 'algo le pasó' y reunimos gente y fuimos a buscarlo. Nos metimos a un sitio que se llama Los Caribitos. Era el mes de julio. Anduvimos y anduvimos y encontramos una cruz antigüísima, antigüísima en unas palmas donde le ponían velas a los muertos. Cuando llegamos ahí lo primero que vimos fue al buey amarradito como lo dejó él. Regresamos con el buey a un sitio llamado La Rivera y nos quedamos como hasta las cinco de la mañana. Cuando regresamos a buscar al hombre vi en el camino unas palmas caídas chorreando agua y una cosa que se movía. Era la mano del hombre con una vela agarrada. Entonces, supimos que lo que sucedió fue que el hombre fue a poner una vela y le dio un ataque y se cayó al agua y el agua lo rodó, pero él no soltó la vela. Yo lo agarré, con ese gentío mirando, y luego le hicieron una balsa, con balso, ese palo que es livianito y lo amarraron con unos bejucos para llevarlo por los lagos, y lo enterraron donde estaba el ganado".

El anecdotario de Casimiro

No todas sus memorias son tan tristes. Otras hacen, sin quererlo, burla de la historia reciente o, mejor dicho, de sus protagonistas. Con la ingenuidad del hombre de campo, Casimiro hace honor a la memoria del General Ramírez, mandamás de Guasdualito en la época de Gómez. "Él no sabía leer, pero le llegaba un telegrama y le decían 'miré, General, aquí llegó un telegrama' y él decía 'ese telegrama es para esto y esto y esto', y así era, él era un hombre muy inteligente". Además de la clarividencia, el general Ramírez tuvo otros méritos, pues fue el encargado de reunir en este lugar a "todo ese lote de indios que habían por ahí de Rio Viejo para acá". Casimiro asegura que fueron los indígenas quienes sembraron los acacios de Guasdualito. "Ellos hicieron unos regonones hacia aquí. Eso eran yucales, platanares, cañares, por el Diamante para acá, todo eso, pero después se fue acabando, después que se acabó el gobierno de Juan Vicente Gómez eso se fue destruyendo y esas indieras se fueron a unos sitios por El Cambur, por ahí, se fueron a trabajar por cuenta de ellos".

Sin embargo, no es Casimiro un llanero militarista. Su adversión a Gómez le llegó por herencia, pues su padre, Pedro Delgado, murió en la cárcel de San Cristóbal, en un fallido intento de fuga del régimen gomecista. Por si esto fuera poco, revisando su álbum familiar sorprende la foto del caudillo adeco Rómulo Bethancourt. "La foto está firmada por él, porque yo lo conocí de frente durante su primera campaña y le di mi primer voto. Él fue el primer presidente que con el voto popular eligió el pueblo".

Pero su hijo no siguió la blanca senda y es por eso que, pocas páginas después, nos topamos con una foto de Raúl Leoni acompañado del flamante secretario juvenil del partido, que no es otro sino el hijo de Casimiro. "El se mandaba unos tronco de discursos teniendo catorce años, era un gran político cuando pequeño", refiere el padre orgulloso. "Cuando llegó Leoni al aeropuerto estaba el muchacho, el hijo mío, el ingeniero, con su sombrero de piquito, recibiéndolo".

Esos recuerdos, con fragmentos borrados y linealidad dudosa, van llenando la cotidianidad de Casimiro Delgado. No en vano, para él, los tiempos pasados fueron, sin duda, mejores.
 
 
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