Cronista de Guasdualito
Si se quiere conocer de cerca la historia de Guasdualito, no hay mejor manera que recurrir a las fuentes vivas y recabar, de primera mano, las anécdotas que hombres como Genaro Labanchi guardan frescas en su mente, esperando al visitante que quiera escucharlas.

Su verbo fluido y su prodigiosa memoria lo convierten en el interlocutor ideal. Los recuerdos se agolpan y las frases se entremezclan, impidiendo a veces una correcta interpretación de cada frase. Pero, aún así, los retazos pueden luego hilarse para reconstruir, hombre a hombre, casa a casa y año a año la vida de un pueblo que dista mucho de su imagen actual.

Ese Guasdualito que Labanchi recuerda, no sabía de narcotráfico o secuestros. Era un pueblo apacible y religioso, de hombres valerosos y trabajadores que se impusieron a las fuerzas bravías del llano.
"Las inundaciones eran pan de todos los días aquí", recuerda, "y cada quien se defendía como podía. En el invierno todos los caminos estaban tapados de maleza y agua y el único transporte que había eran bueyes y mulas". El relato se torna pintoresco cuando Labanci, orgulloso, alude a su padre y comenta que "no había mula que pudiera con sus 140 kilos de peso. El doctor Forero una vez le consiguió una en Arauca, y le costó 20 morocotas, pero en lo que él se montaba, la pobre mula no andaba ni ochocientos metros, abría las piernas y se paraba la pobrecita".

La fortaleza de su padre, don Cayetano, era reconocida en todo el pueblo y admirada por los indígenas que aún corrían por estas tierras. Su alta estatura y considerable volumen eran producto de una alimentación abundante: "Imagínese él solito se comía un racimo de cambures y cuando se iba a cazar con su escopeta traía sacos de güire que regalaba aquí, pero él
comía también".
Su hercúlea presencia fue requerida, en ocasiones, para tareas no demasiado gratas, como aquella vez en que debió ayudar al doctor Ramón Araujo a socorrer a Evaristo Sánchez, quien se partió una pierna en un accidente a caballo. "Si hubiera sido hoy en día lo inyectaban, pero no, en aquella época llegó el doctor y dijo que tenía que amputársela. Llamaron a mi papá que era un hombre fuerte, a mi tío Pascual Panzza, a Roncayolo y Juan Bermúdez. Sentaron a don Evaristo en una silla de barbero alta y sin anestesia y sin nada, primero sacaron un bisturí, pero eso no les sirvió nada porque estaba viejo, lo recuerdo que estaba oxidado, entonces apelaron por una navaja y cuchillo, ese hombre sin anestesia parecía que estaba sudado, que se estaba bañando. No se quejaba ni nada, cuando llegaron aquí que buscaron el serrucho, era un serrucho del comandante de la policía, el negro Escalona. Yo estaba allá, estaba viéndolo todo. Y ese hombre vivió luego como 18 o 20 años más".

El temple de un joven llanero se curtía de experiencias como ésta, pero lejos de traumatizarlo, eran pruebas de valentía que forjaban el carácter y lo hacían madurar. "Mire, yo asistí a la escuela porque mi papá buscó hombres de conducta y disciplina espartana. Hoy no, hoy le prohiben a un maestro castigar a un discípulo. ¡50 palmetazos! 'ponga la mano ahí', yo la ponía. ¿Sabe quién fue compañero que recordaba todo eso? Ernesto Márquez, bueno, ese sí que llevó palmetazos. ¡80 palmetazos! Y yo aguantaba hasta que por fin me aburría de la clase, huía de la escuela y me iba para los matorrales a donde el amigo mío, Antonio Centella, que todavía está vivo, tiene 90 y pico de años y usted lo ve por ahí, por una esquinita".
Retazos de historia

Pero no sólo cuenta don Genaro lo que vieron sus ojos en su temprana adolescencia. Su espíritu despierto y su insaciable curiosidad le permitieron acceder a la memoria de los fundadores de Guasdualito.

"Yo recuerdo uno de esos hombres viejos del pueblo, que en 1914 o 15 tenía 83 años. Era don Vicente Limardo y él contaba sobre la guerra, cuando pasó Bolívar en la marcha admirable de Mantecal a los Páramos de Pifa; él le contaba a mi papá que aquí no quedó un hombre, no quedó un llanero, todos se fueron con él. Pero es mentira eso que dicen, porque Bolívar no estuvo ni en Periquera ni en Guasdualito, estuvo en un hato cerca de Guasdualito. Él pasó cerca de aquí y venía con desconfianza porque creía que aquí todos eran realistas y se equivocó. Los dueños del hato, que eran Useche y otros, lo hospedaron, le dieron asilo, y Bolívar se fue contentísimo".

Don Genaro toma aire y luego acota, "yo sé de Guasdualito, sé la historia, porque iba con mis amigos los Briceño, los Laporta, los Estela y Remigio Paz, Filippo Di Giorgio y Antonio Crescencio Pérez porque íbamos a buscar mararay allá, y recuerdo todavía las paredes de ladrillos que habían ahí en pueblo viejo, que es el actual Guasdualito fundado por el Marqués del Pumar".
De esos tiempos rescata para la historia el nombre del primer fotógrafo del pueblo, el primer hombre que inmortalizó los rostros y las vidas de Guasdualito. "Leopoldo Lomónaco fue el primer fotógrafo de por aquí. Él era tuerto y fotógrafo. Yo todavía tengo fotografías hechas por él. El hijo de él, Francisco Lomónaco, tuvo un problema con la muerte de un guerrillero colombiano, eso fue en el 1950 y pico. Yo estaba en el hato cuando me avisaron; yo al colombiano ése le di una pieza y todo para que durmiera y a la mañana siguiente se fue derecho a Puerto Infante y allá lo mataron y sé que Francisco estuvo complicado en eso, pero a él lo protegía Marcos Pérez Jiménez".

Sin embargo, otros son los nombres que recuerda Don Genaro con verdadero orgullo, pues ellos son los que mejor reflejan la forma de ser del llanero altoapureño. "El general Ramírez, el general Ezequiel María Briceño y Pedro Daniel García, ellos sí eran buenos; eran buenos porque regalaban al pueblo. Para esas fastuosas fiestas de la Virgen del Carmen, patrona de Periquera, venían gentes de todas partes y no pagaban ni una locha. La comida era gratuita por 10 ó 12, bebidas y comidas gratis. Pedro Daniel García mandaba a matar veinte reses, ¿qué se acababan esas veinte reses? Él decía 'vaya al corral y busque otras 20, y así era'".

La simplicidad cotidiana, el maniqueísmo de la vida sencilla, donde el bien y el mal tienen nombres propios, continúan siendo las premisas que guían la vida de Genaro Labanchi, un hombre que ha visto mucho, pero prefiere compartir sólo aquello que le trae felices recuerdos.
Los papeles de Don Genaro
Llaneros Altoapureños de Periquera
Visión que el tiempo borró
Recordar es vivir
Genaro Labanchi
El último italiano de Periquera
Los personajes de Periquera
Dolor y amor para dos mundos
Cronista de Guasdualito
 
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