Coronel Francisco Aramendi
El primer atentado célebre en Guasdualito

Francisco Aramendi uno de los Próceres de Independencia del país, reconocido por su arrojo, valentía y capacidad para resolver las encomiendas asignadas, nacido, aparentemente, en el pueblo de Nutrias en el estado Barinas. Este soldado estuvo al mando del General José Antonio Páez ayudándolo en las batallas de Chire, Mata de Miel, Yagual, Achaguas, Banco Largo, Santa Catalina, Barinas, Pedraza . Con Bolívar, combatió en Paya, Bonza, Vargas, y Boyacá, para después sobresalir en la Batalla de Carabobo, que le merecieron el rango de Coronel.

Según las historias, se dice que una vez fue hecho preso por los españoles y dio muestra de su inteligencia y astucia. Cuentan que en terreno español fue agasajado con promesas si aceptaba la causa del Rey; esto le confirió la confianza de los españoles que, en forma de reconocimiento, le regalaron un caballo y un sable, demostrándole que lo querían como un jefe. Entonces un día se le presentó el gran dilema: o asesinaba a sus propios compañeros siguiendo los mandatos del Rey, o se unía a sus amigos y estaría propenso a ser acribillado por los españoles. Resolvió jugarle una mala pasada a los peninsulares, y mientras el comandante de aquel grupo español gritaba ¡Adelante!, Aramendi hacía lo mismo pero con sus amigos, creando confusión en el enfrentamiento, al mismo tiempo que descabezaba a los oficiales a su alrededor, evitando así su sacrificio casi evidente, hecho que le mereció las felicitaciones por parte de Páez al llegar al cuartel. Se empezaba a escuchar del Coronel Aramendi.

Sin embargo, Aramendi era conocido por su mal humor y por su altanería. Todos decían que era un rebelde y que de un momento a otro debía de recibir su castigo. Aunado a esto, existían rivalidades entre Aramendi y Páez en lo que al control de los soldados se refiere. Es por eso que, en la Autobiografía de Páez, éste revela cómo una y otra vez, fue dándole lecciones para opacar su insubordinación. Páez se decidió entonces a propinarle la primera lección: lo llamó a su cuartel donde le pidió que lo acompañara junto a dos de los guardias. Anduvieron largo rato por la sabana hasta que Páez le pide a Aramendi que lleve un oficio a la dirección indicada y fuera lo más rápido posible para que estuviera de regreso máximo en cuatro horas. Aramendi, como era de esperarse, reprochó la orden y le dijo que el no era mensajero de ningún oficio. Páez al escuchar sus palabras, desmontó del caballo y en cuestión de segundos, bajó a Aramendi de su montura poniéndole una daga en el cuello amenazándole con matarlo a lo que el contendor respondió con arrogancia "Mátame". Páez al ver su valor, le extiende la mano y Aramendi se dispone a llevar el oficio sin chistar, comprendiendo que debía cumplir con la orden de su superior. Pero esta lección no fue suficiente y el General tuvo que atizarle otro escarmiento.

Páez lo colocó como líder del grupo de retaguardia que tomaría las flecheras españolas. Aramendi, en profundo estado etílico, no reparó en llevar el grupo lo que obligó a Páez a reprenderle. Aramendi responde con senda grosería y se baja del caballo invitándole a pelear. El General responde a la actitud violenta del Coronel, y le propina una zancadilla, enviándolo bastante lejos. Luego, le pide que lo siga y, una vez más, el infeliz sigue a Páez sin mencionar palabra alguna. Aparentemente, esta lección tampoco fue suficiente.

Al momento de la toma de las flecheras, acción liderada por Aramendi, en las riberas del río Apure, éste le dice a Páez que si "pone usted la mano en la flechera primero que yo, se la corto", a lo que Páez respondió: "Esta gloria es tuya. Nadie lo merece más". Se dice que con este gesto de generosidad, hizo que Aramendi se convirtiera en soldado ejemplar, respetuoso y obediente. Sin embargo, estas líneas son extraídas del trabajo del Dr. Arístides Rojas, y no concuerdan con la manera como se manejaban las cosas en los ejércitos; no cabía lugar para las generosidades ni sentimientos.

Luego, muchos incidentes violentos marcaron la vida de Aramendi, que siguió siendo un soldado con conducta reprochable. Está, entre muchos, el lamentable suceso con el general Cedeño, en la plaza de San Fernando, y que significó un enfrentamiento a golpes entre ambos. Las razones aparentes eran las esgrimidas por Cedeño que señalaba a la falta de cooperación de Aramendi y sus tropas, el factor fundamental de su derrota. Este hecho causó la detención de Aramendi por parte de Bolívar, quien intentó llevarlo a Guayana para enjuiciarlo, sin tener éxito debido a la fuga de éste, que luego fue amparado por Páez quien lo consideraba como su soldado preferido.

Y llegó el momento en que aquél célebre centauro de Páez murió trágicamente. En efecto, fue vilmente asesinado en 1822 mientras dormía en su propia cama. Viví en ese entonces en Guasdualito, donde estaba a cargo de 50 centauros y era el Comandante de Armas. Se cuenta que dormía junto a su esposa en una hamaca en el corredor exterior de la casa. Llegaron en medio de la noche unos individuos armados dispuestos a matarlo pero se dieron cuenta que estaba la mujer por lo que decidieron cortar los hilos de la hamaca. Cuando ambos cayeron al suelo, Aramendi se dio cuenta de lo que sucedía y se lanzó al ataque, recibiendo un sablazo que le quitó el brazo derecho. Estranguló a uno de los hombres con el otro brazo, pero fue acribillado por el grupo.

Aramendi era conocido como alguien no grato y que infundía temor entre las personas que lo rodeaban. Sus fechorías son innumerables y aunque muchos lo denominaban como un monstruo, Páez y Bolívar lo estimaban por su gran capacidad guerrera y por su asombrosa valentía. Páez lamentó mucho la muerte de su soldado preferido e inició una gran campaña de búsqueda de los agresores para hacer justicia, como también lo exigía Bolívar. Aparentemente Páez sabía quienes eran los responsables del hecho, pero consideró no apropiada una información abiertamente acusatoria hacia el General Miguel Guerrero, Gobernador de la Provincia de Barinas, con quien estaba enemistado.

Regresemos un poco al pasado, para entender la estimación que tenía El Libertador hacia él. Había sido testigo de su arrojo en la toma de las flecheras españolas; también de lo acaecido el 12 de febrero de 1818, cuando Aramendi, en la batalla de Calabozo, estuvo a punto de atravesar a un temible general, Morillo, con su espada, no pudiendo conseguir su cometido por la valentía de uno de los enemigos que se atravesó para salvarle la vida al general. Incluso, nunca desestimó sus observaciones en cuanto a orden estratégico, llegando a refutar las ideas del General Soublette.

Bolívar, desde Guasdualito, le escribe un oficio al Vicepresidente Francisco Antonio Zea, el cual decía que en este poblado quedaban dos divisiones que estaban, una, a las órdenes del general Torres y otra al mando de Aramendi que saldría el día siguiente para Barinas en busca de ganado debido a que el ejército podría morir de hambre. Dicha encomienda era de vital importancia y tenía que ser ejecutada a la perfección por lo que el Libertador se la asignó a Aramendi. Sin embargo, este último no cumplió completamente con el cargo. Se suponía que iba a recoger el ganado y lo repartiría entre los soldados para así tener un fondo de comida. En vez de eso, se apropió de parte de las cabezas con la intención de venderlas para su beneficio y esto provocó innumerables quejas. El Libertador le dirigió un oficio en donde le pedía cumpliese con la encomienda. Además, la manera en cómo manejaba el Regimiento, también provocó graves quejas al Libertador. Éste le envía una comunicación bastante severa al general Briceño Méndez para que se la transmita a Aramendi a fin, no de castigarlo, sino de remediar lo que estaba haciendo.

La situación de mengua que vivía el Regimiento de la Muerte, que era como se llamaba, se debía a las intrigas que habían aparecido en Guasdualito con el nombramiento del Coronel Cruz Paredes como el Comandante del Departamento, cuya designación causó indignación e ira en Páez.

Ya la campaña de Carabobo se acercaba y donde Aramendi cumplió importante rol. Estaba al mando del Escuadrón Sagrado, que tuvo brillante participación. Luego del triunfo, Bolívar se lo lleva a Caracas, donde es protagonista de otro acto violento, esta vez contra el coronel Miguel Vásquez. Esta actitud obliga al Gobierno a alejar a Aramendi de Caracas. Bolívar lo pone preso, pero se fuga y vuelve a las filas de Páez, quien lo envía a Guasdualito como Comandante de Armas, donde se mezcla en una revolución entre pardos y blancos y, por viejos rencores, intenta asesinar al general Miguel Guerrero, Gobernador de la Provincia, que lo mandaría a matar.

El caso se esclareció cuando, en oficio escrito por el mismo General Guerrero, éste le confesaba a Bolívar haber sido el autor intelectual del asesinato de Aramendi. Se amparó en su facultad de Magistrado y que además se sentía tranquilo por haber limpiado la Provincia de tal monstruo. Aunque no hay registros de la respuesta del Libertador, es lógico pensar en la fuerte y dolorosa impresión que se llevó, dado lo duro que fue el General Guerrero en cuanto a la descripción y narración de la vida del Coronel Aramendi. Se cerraba así otro importante capítulo en la historia de uno de los grandes Próceres de la Independencia y que, aunque los historiadores están de acuerdo en que era un ser perverso, violento y de carácter atrabiliario, también es unánime el juicio al señalar su audacia, valentía y arrojo y los importantes servicios a la Patria del Coronel Francisco Aramendi.

 

Fuente: Galería de Ilustres barineses. Virgilio Tosta. 1990.
 
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